Relatos "The Trench PJO"

 EL JUICIO________________________________ por Txema Gil 

«El deber es más pesado que una montaña; la muerte, más ligera que una pluma».

Rescripto Imperial a los Soldados y Marineros (Era Meiji, Japón)


He sido juzgado por mi nación y mis conciudadanos. Mi nombre figura en los libros de texto que estudian en las escuelas de Japón como ejemplo de cobardía e inmoralidad, como paradigma del deshonor. Fui condenado sin juicio previo, sin que nadie preguntara por mi versión de los hechos. Se dejaron llevar por las cifras, la tormenta mediática y las repercusiones a escala mundial que llegaron tras aquella fatídica noche.

La ancestral cultura de mi país y sus milenarias tradiciones fueron los jueces de un auto injusto que jamás se realizó. Solo aplicaron su condena, cubriéndome de ignominia y deshonor por la mala suerte de estar en el lugar y momento equivocado. Y para todos tomé la decisión errónea. Para todos menos para mí, mi mujer y mis dos hijos.

¿Es delito querer vivir? ¿Aprovechar la oportunidad que los demás despreciaron? ¿Es delito aferrarte a la esperanza de la supervivencia para volver a ver a las personas que amas?

Este juicio al que estoy siendo sometido es inapelable. Dicen que no existe ninguna razón que justifique mis actos. El honor de la patria está por encima de los individuos. Por ese motivo exigen que sacrifique mi vida de forma pública mediante el rito ancestral del seppuku. Haciéndome el harakiri lavaría el honor de mi nación y el de mi familia. La prensa lo pide en grandes titulares acusándome de cobarde, los profesores universitarios claman en mi contra desde sus tarimas. Me usan como ejemplo de inmoralidad. Dicen que me salvé a la vista de todos y que no entregué mi vida de forma digna. Piden mi muerte inmediata, como si mi propia vida fuera un trofeo que ellos pudieran exhibir ante el mundo para lavar su impostada moralidad, arraigada en las raíces más profundas de una cultura anticuada y retrógrada.

Pero no. ¡No lo haré! Porque ningún deshonor cometí con mi actitud. Solo hice lo que los demás, que pudieron aprovechar su oportunidad, se negaron a hacer. Y si por propia voluntad la gente quiso entregarse a la muerte, yo no tenía por qué dejarme arrastrar por ellos. Era una insensatez. Yo hubiera cedido mi lugar a cualquier mujer o niño que lo hubiera querido ocupar. Pero no querían. La oportunidad me iba a pasar por delante y no la podía desaprovechar. Morir así, porque sí, no es honorable. Es un absurdo. El instinto de supervivencia no es inmoral.

Hoy estoy denigrado, señalado y socialmente apartado; tengo la necesidad de dar mi propia versión. Tal vez a nadie le importe. Tal vez no haya posibilidad de enmendar la situación, de recuperar mi vida anterior, de lavar el honor de mi familia. Pero debo intentarlo y por ese motivo escribo estas líneas que enviaré a todos aquellos medios e instituciones que han mancillado mi nombre.

Me ha dado cierta esperanza el hecho de haber recuperado mi trabajo. Eso sí, estoy relegado en un rincón, haciendo labores de oficinista, apartado de la toma de decisiones, de la ejecución de proyectos. Marginado. La mayoría de los compañeros no me hablan por temor a ser vistos relacionándose con un cobarde. Ellos sí son cobardes, no tienen criterio propio y se dejan llevar por la presión social. Mi carrera en el Ministerio de Transportes se hundió también en las frías aguas del Atlántico.

Hoy limpio aquí mi conciencia y me libero del sufrimiento que atenaza mi alma desde aquella noche de abril. Narraré los hechos, rendiré cuentas que nadie me ha dado la oportunidad de rendir, con la esperanza de que me escuchen. Para poder resurgir así a una nueva vida. Podré pasar página de una vez. Y cuando lo haya hecho, borraré de mi memoria el recuerdo de esos días. Prohibiré a los míos que vuelvan a tratar en mi presencia este tema o cualquier otro aspecto relacionado. Aunque mi destino ya esté escrito por los fríos renglones de la ignominia a la que estoy siendo condenado. Pasaré página. Comenzaré de nuevo.

Ésta es mi verdad.


Tengo cincuenta y cuatro años, esposa y dos hijos. Provengo de una familia de funcionarios que sirve al Emperador desde tiempos inmemoriales. Mi familia ha respetado las tradiciones y honrado a su país durante muchas generaciones, ganando una posición preeminente en la administración imperial con trabajo sin descanso y una fidelidad inquebrantable. Ello permitió a mi familia facilitarme una educación privilegiada, tanto en mi propio país como fuera de él. Estudié ingeniería y fui el primero de mi promoción. Por este motivo, accedí a un empleo en el Ministerio de Transportes en un momento en el cual la industrialización de Japón estaba viviendo un proceso de aceleración, un tremendo impulso. Y era necesario acompañar estas medidas con el desarrollo de los medios de transporte internos, que estaban anticuados. Ferrocarriles, ampliación de puertos de mar, carreteras… Había que renovar para adaptar. Además, nuestra accidentada orografía dificultaba muchísimo la situación. Necesitábamos ideas nuevas.

Mi carrera en el ministerio fue meteórica. Accedí a puestos de responsabilidad gracias en parte a mi dominio del inglés y del francés, pues parte de mi formación universitaria la realicé en esos países.

Mis superiores decidieron entonces que sería buena idea hacer una gira por el mundo industrializado para observar cómo estaban desarrollando su tendido ferroviario, entre otros medios de transporte. En Rusia, el gobierno de los Romanov había decidido comenzar a construir el Transiberiano. Yo debía atravesar Rusia hasta llegar a la vieja Europa y posteriormente viajar a Estados Unidos. Desde allí volvería a Japón.

En 1910 dejé a mi esposa con un niño pequeño y en estado de buena esperanza para acometer un viaje que sería largo, pero que era fundamental para el progreso de nuestro país. Lo dejé todo por la nación que amo, por su futuro. Un país que ahora me paga con ingrata moneda.

El viaje por Rusia fue toda una odisea. Un país retrasado, con un nivel de vida bajísimo. Se suponía que la zona más desarrollada sería la más occidental, aunque la parte oriental de este inmenso territorio era una especie de pesadilla para los sentidos y un auténtico infierno para la vida de las personas que sobrevivían allí. Aprendí mucho, pero quedé con una terrible desazón al comprobar la miseria que asolaba la región. Incluso la hermosa capital de los zares, San Petersburgo, era un nido de desesperación en cuanto te alejabas de los palacios de la opulenta nobleza. Más de año y medio me costó atravesar Rusia y cumplir mi misión.

No había mucho más que aprender e inicié la segunda fase del viaje. Atravesé Alemania y me impresionó el enorme contraste. Gente ordenada, trabajadora, desarrollada. Orgullosa. Llegué a Francia, lugar que ya conocía de mi época de estudiante. No permanecí mucho tiempo, pues mi misión se prolongaba en demasía y aún debía recorrer la segunda mitad del mundo.

Gran Bretaña era mi principal destino en Europa. Cuna de la industrialización y del ferrocarril. Un enorme imperio colonial que controlaba con su inmensa flota. Su orografía era más accidentada y tal vez la observación del trabajo de sus ingenieros podría aportar más luz a mis pesquisas. Durante meses recorrí palmo a palmo su enorme red de ferrocarril.


Todo el tiempo que permanecí en territorio británico, una noticia se repetía una y otra vez. La ingeniería naval, el progreso y el lujo estaban siendo convertidos en barco. En los astilleros de Belfast ultimaban el mayor transatlántico jamás antes construido. El "Insumergible" le llamaba la prensa, aunque su verdadero nombre fuera Titanic. El viaje inaugural estaba previsto para abril de 1912. Yo calculaba que para la fecha prevista de partida ya habría finalizado mi observación sobre el terreno en el Reino Unido, por eso mismo utilicé los contactos de los que disponía. Tenía que subirme a ese barco fuese como fuese. Por varias razones era una oportunidad que no debía dejar pasar. En primer lugar, para observar y anotar todos aquellos aspectos técnicos que pudiera recabar sobre su funcionamiento y diseño. Solo desde dentro podría conseguir ver con mis propios ojos la mayor cantidad posible de cosas. En segundo lugar, el destino del Titanic coincidía con la siguiente etapa de mi viaje: América. Y en tercer lugar, un nutrido grupo de los ricos y poderosos miembros de la sociedad británica y norteamericana viajarían en aquel primer trayecto. Dueños de empresas relacionados con las grandes compañías comerciales; industriales; magnates de las minas y de la industria siderometalúrgica… Una oportunidad inmejorable para establecer provechosos contactos. Y además estarían relajados, en un crucero de lujo, sin ningún otro lugar a donde ir. Iniciarían sosegadas conversaciones de temática variada pero, sobre todo, hablarían de futuros negocios. Era allí donde no podía dejar de estar. Cualquier contacto o negocio establecido a bordo sería un espaldarazo a mi carrera profesional al regresar a mi país.

Finalmente conseguí un pasaje. Mi disgusto fue mayúsculo cuando me comunicaron que no era posible que viajara en primera clase. Daba igual la cantidad de dinero que ofrecieras por el pasaje o mis credenciales diplomáticas; la ocupación era máxima y las prioridades estaban claras. Me tuve que conformar con la segunda clase. Pero no dejé que aquel detalle estropeara mis planes. Ya encontraría la forma para acercarme a ellos.


Días antes de la partida, el Titanic llegó desde Belfast hasta Southampton. No hubo nadie en Londres que no se desplazara al puerto para observar aquella inmensa mole de acero, el nuevo prodigio de la navegación, un coloso que atravesaría el océano más rápido que ninguna otra embarcación antes construida. La prensa, en los días previos a la partida, publicaba artículos ensalzando el coraje con el que el hombre moderno iba a desafiar al mar. A fuerza de repetir que aquel buque era insumergible, la gente asimiló el hecho. En las entrevistas hechas al capitán, al armador y al ingeniero jefe, todos afirmaban que el Titanic sería capaz de llegar a Estados Unidos en tiempo récord.

En este ambiente de euforia, el Titanic zarpó el 10 de abril de 1912. Aquella mañana mi destino cambiaría para siempre.

Durante cuatro días la navegación fue placentera y transcurrió sin ningún problema. El barco era sólido, estable y se notaba que cada vez iba más rápido. Pasada la impresión inicial recordé por qué estaba allí y tracé un sencillo plan de trabajo para esos días a bordo. Por las mañanas me dedicaba a pasear por la cubierta, estableciendo la mayor cantidad de conversaciones posibles. A pesar de mis intentos por acceder a las zonas restringidas de la maquinaria, la vigilancia era estricta. Sin embargo, mi condición de funcionario técnico y mi insistencia educada me permitieron observar ciertos aspectos. Me maravillaba la ausencia de vibración, el silencio de los motores. Aquellos mecanismos eran impresionantes logros de la ingeniería que iban a revolucionar la navegación en el futuro. Realicé bocetos y dibujos discretos en mi cuaderno de notas que me serían muy útiles al regresar a Japón, maravillado por la escala de la tecnología occidental.

Durante la cena seguía estableciendo contactos con los pasajeros, aunque por la noche se resistían a hablar de negocios y preferían temas más triviales. La mayor parte de las conversaciones, evidentemente, ensalzaban las maravillas del Titanic.

La noche del 14 de abril, después de cenar, me retiré al camarote para anotar mis reflexiones como acostumbraba, tratando de no olvidar ningún detalle. De pronto noté una sorda vibración y un ligero estremecimiento, distinto al ritmo habitual de los motores. No le di mucha importancia hasta que percibí cómo las máquinas se paraban. Entonces me preocupé. Algo importante debía suceder para detener la marcha de tal manera en medio del océano. Pocos minutos después llamaron a mi puerta. Un miembro de la tripulación me pedía amablemente que, por precaución, me pusiera el chaleco salvavidas. Aquel aviso, lejos de tranquilizar al pasaje, desató el nerviosismo. Además, la gente empezó a percibir con estupor cómo el barco estaba inclinándose ligeramente hacia proa.

Cogí mi abrigo y me dispuse a salir. Las verjas de acceso estaban cerradas y la tripulación impedía el paso hacia la cubierta superior, reservada a la primera clase, pero el pánico crecía al mismo tiempo que la inclinación del barco se acentuaba. Cada ruido, cada crujido del casco acrecentaba nuestro nerviosismo y aumentaba la desesperación de nuestras reacciones. Finalmente, junto a otros muchos, logramos alcanzar la cubierta de botes.


En ese momento fui consciente de la gravedad real. La proa apenas podía verse. Estaba siendo lentamente tragada por el mar. Busqué un bote salvavidas por puro instinto. La confusión reinaba por doquier. Recuerdo la incredulidad que me produjo oír aún la música de la orquesta sonar en medio de aquel caos. El bote número diez, al que yo me acerqué, empezaba a ser ocupado. Pero por alguna extraña razón, la gente se resistía a subirse a él. El oficial que trataba de dirigir el embarque, anunciaba voz en grito el consabido: —¡Las mujeres y los niños primero!

Pero ni las mujeres ni los niños querían abandonar a sus padres y esposos. Se oían gritos entre la multitud: 

—¡El Titanic es insumergible! 

—¡Aguantará! 

—Mejor permanecer a bordo que aventurarse en el océano en un bote salvavidas.

Empujado por mi instinto me fui acercando al bote mientras seguía habiendo plazas disponibles que nadie ocupaba. Pensé que moriría y no quería hacer nada inmoral ni deshonroso, pero tampoco quería morir sin sentido. Solo pensaba en mi esposa y mis hijos. Entonces, el oficial gritó desesperado: 

—¡Quedan dos huecos! ¡Dos plazas más!

Un hombre saltó inmediatamente dentro. La situación se agravaba y empezaban a descolgar el bote hacia el mar. Quedaba un solo sitio. Era ese momento o nunca. Giré la cabeza; la oscuridad era absoluta y nadie más daba un paso al frente. No lo pensé más. Salté.

Tocamos agua y empezamos a alejarnos del barco. La proa ya no se distinguía, la inclinación era enorme. Mientras nos alejábamos conté el número de ocupantes. El bote iba medio vacío. Éramos treinta y cinco. No podía creer que la gente hubiera preferido quedarse a bordo, pero así había sido. Habían elegido la supuesta seguridad del "Insumergible".

El pánico se desató definitivamente cuando las luces empezaron a fallar. Vimos cómo la gente se tiraba al agua producto de la desesperación. El que dirigía el timón del bote exigía que remáramos más fuerte para evitar que la gente que nadaba por doquier abordara el bote y nos hundiera por sobrepeso. Y había que alejarse para evitar ser tragados por la succión del barco. Pero yo miraba de cara al Titanic y fui testigo de aquella tragedia.

Una de las chimeneas se partió, la popa comenzó a levantarse dejando a la vista las tres enormes hélices propulsoras y entonces, con un estruendo aterrador, el Titanic se quebró por la mitad, cayendo la popa de nuevo y aplastando a la gente que trataba de alejarse nadando. Luego volvió a inclinarse en vertical y fue engullido por el mar a gran velocidad, hasta desaparecer por completo. El oficial sacó su reloj, lo observó a la tenue luz de la bengala que sostenía y sentenció a modo de epitafio que eran las dos y veinte de la madrugada del 15 de abril de 1912.

Estábamos bloqueados, escuchando en la oscuridad los gritos de la gente que poco a poco desaparecieron, dejando paso a un lúgubre silencio que nadie se atrevía a interrumpir. Apenas unos minutos después vislumbramos entre la oscuridad lo que parecían las luces de un barco que se aproximaba. Tras marcar nuestra posición con las bengalas que nos quedaban, fuimos rescatados. Incrédulos, los tripulantes del Carpathia, que así se llamaba aquel buque, nos preguntaban por lo sucedido. Pero casi nadie podía hablar debido al trauma vivido. Casi todos desconocíamos los verdaderos motivos por los cuales se había desencadenado aquel terrible naufragio.

Estuve mucho tiempo en estado de shock. Decidí comenzar a escribir a mi esposa desde la cubierta del Carpathia mientras nos acercaba a Nueva York para contarle lo ocurrido y decirle que estaba vivo. Atravesé Estados Unidos olvidando por completo mi misión, con la idea clara de volver a casa y abrazar a mi familia. Me costó mucho embarcarme de nuevo, esta vez para atravesar el Pacífico. Pero las ganas de volver a casa y olvidar me dieron fuerzas.

Pero los datos del naufragio precedieron mi regreso a Japón. El balance final de víctimas estaba claro, no así las circunstancias del naufragio. Se decía que el Titanic había chocado contra un iceberg, pero poco más se sabía. De dos mil doscientas personas embarcadas, solamente alrededor de setecientas fueron rescatadas. Más de mil quinientos desaparecidos. Al llegar se desató la tormenta a mi alrededor mientras yo me refugiaba en casa, de donde aún prácticamente no he salido.

Ahora mi conciencia está tranquila. Disfrutaré del placer de la vida en los años que me queden. La segunda oportunidad que me brindó el destino está por encima de cualquier juicio al que me sometan los hombres. Viviré acompañado de los míos, en mi casa, en el país al que entregué mi esfuerzo y dedicación.

La mayor parte de mi familia me repudia, pero no me quitaré la vida. No tengo culpa de nada. He llegado al final de la prueba a la que me vi sometido. Pongo fin a mi sufrimiento. Hoy empieza el resto de mi vida. El juicio ha terminado.

Soy Masabumi Hosono, el único japonés que viajó en el Titanic y sobrevivió.



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